Una idea equivocada sobre el azar

Todos los años, el día en que se presenta a sus alumnos, la profesora Deborah Nolan les pide que realicen una prueba muy sencilla. En primer lugar divide la clase en dos grupos y a continuación pide a los primeros que lancen una moneda al aire cien veces y anoten los resultados. Al segundo grupo les pide que imaginen que lanzan la moneda y anoten en un papel los resultados que ellos consideran posibles. A todos ellos les solicita que marquen las cuartillas con una pequeña señal que solo ellos reconozcan y, seguidamente, se marcha de la clase.

Al cabo de unos minutos, la profesora regresa al aula y pide a los alumnos que le dejen ver las pruebas. Una tras otra, la señora Nolan ojea las series de caras y cruces anotadas por los estudiantes y distingue perfectamente los lanzamientos reales de los lanzamientos imaginarios. ¿Cómo es posible? – se preguntan los alumnos con cara de "pasmados". (Seguir leyendo)

Tal y como relata Natalie Angier en su libro "El canon", muchos de los estudiantes piensan que la profesora ha hecho trampa o que tiene un chivato infiltrado. Sin embargo, la explicación es mucho más sencilla. "La casualidad tiene un sello distintivo – escribe Angier - y, hasta que uno no se familiariza con su patrón, probablemente puede pensar que es más desordenada y azarosa de lo que es en realidad. Nolan sabe qué aspecto tiene en realidad el azar, y sabe que la gente suele sentirse incómoda pensado que algo no parece lo suficientemente azaroso".

"En el verdadero lanzamiento de una moneda al aire", explica, "encontraremos muchos tramos de monotonía: series de cinco caras y siete cruces seguidas". Sin embargo, "en sus lanzamientos imaginarios, los estudiantes intentan compensar la 'excesiva coincidencia' con su intrínseca cautela, dando saltos hacia delante y hacia atrás, intercambiando frecuentemente las caras con las cruces". Por eso, a la profesora le basta un vistazo para saber que aquellas series en las que hay una tanda de más de cinco caras o cruces seguidas no ha sido elaborada por la desconfiada mente de sus alumnos.

* La anécdota aparece en El canon, de Natalie Angier, que aprovecho para recomendaros.

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